El avión despegó poco antes del amanecer. El cielo de Madrid aún estaba oscuro cuando el jet privado se elevó sobre las nubes, dejando atrás la ciudad iluminada. Dentro de la cabina solo se escuchaba el rumor constante de los motores y, de vez en cuando, el suave tintineo de hielo contra un vaso.
Sebastián estaba sentado frente a mí, con la mirada perdida en la ventanilla. No había dicho ni una palabra desde que subimos al coche en el ático. Seguía como un zombie, pálido, con los ojos hinchados