El trayecto de vuelta a casa fue más largo de lo que debería. La lluvia se había intensificado y el tráfico en la Castellana avanzaba a paso de tortuga. Dentro del coche solo se escuchaba el sonido rítmico de los limpiaparabrisas y el zumbido suave de la calefacción.
Yo miraba por la ventanilla, con la frente apoyada contra el cristal frío. Las luces de neón se difuminaban en charcos de agua, igual que mis pensamientos. La sesión aún resonaba en mi cabeza: mis propias palabras, la voz tembloros