La tercera mañana amaneció más gris. El cielo de Madrid se había cubierto de nubes bajas que amenazaban lluvia, y el ático parecía absorber esa luz apagada, volviéndolo todo un poco más frío.
Me desperté antes que Sebastián. Esta vez no me quedé en la cama abrazando la almohada. Me levanté, me puse una bata gruesa y fui directamente a la cocina. Preparé té de jengibre para calmar el estómago revuelto del embarazo y me senté en el mismo taburete donde habíamos hablado la primera noche.
Escuché