La puerta de la habitación principal se cerró con un clic suave que, en el silencio del ático, sonó como un disparo. Me quedé de pie un momento, con la espalda contra la madera, respirando entrecortadamente.
Me metí en la cama grande, en mi lado habitual, y abracé la almohada con tanta fuerza que los nudillos se me pusieron blancos. Coloqué una mano sobre mi vientre y cerré los ojos, intentando concentrarme solo en esa pequeña vida que crecía dentro de mí.
No dormí de inmediato. Escuchaba cada