El ático se sentía más grande esa tarde. Demasiado grande. Cada habitación parecía amplificada por el silencio que Sebastián había dejado al marcharse. Me quedé sentada en el suelo durante no sé cuánto tiempo, con la espalda aún pegada a la puerta de la habitación de estudio, como si temiera que, si me movía, todo lo que acababa de pasar se volviera irreversible.
El bebé se movió. Un golpe suave, casi tímido, justo debajo de mis costillas. Me llevé la mano al vientre y lo acaricié despacio, int