Esteban comenzó a reír. No fue una risa normal, ni siquiera una risa nerviosa; fue una carcajada abierta, descontrolada, casi histérica, como la de un hombre que ya había cruzado una línea invisible y no pensaba volver atrás.
Su risa resonó contra las paredes desnudas de la casa aislada, rebotando una y otra vez, llenando el lugar con un eco perturbador que parecía no tener fin.
Elyna sintió un escalofrío, recorrerle la espalda, lento, helado. No era solo miedo. Era algo más profundo, más oscuro