Lucero entró a la habitación donde estaba su pequeña, respiró hondo y firmó el alta, con la satisfacción de saber que, finalmente, todo había salido bien. Con cuidado, la cargó en sus brazos, sintiendo el calorcito del cuerpecito contra su pecho.
—Ya vamos a casa, mi amor —susurró con dulzura, besándole la frente mientras la pequeña emitía un pequeño quejido de contento.
Gabriel, que había estado observando en silencio desde la puerta, frunció el ceño y preguntó:
—¿Vendrán conmigo?
Lucero lo mir