Los disparos resonaron de manera ensordecedora, cortando la noche como cuchillos afilados.
Cada explosión hacía temblar el suelo, y los árboles a los costados de la carretera parecían estremecerse con el eco. No hubo tregua, ni un solo instante de silencio hasta que finalmente la muerte y el miedo dominaron el lugar.
Los guardias de Julián Altamirano actuaron con una precisión y frialdad que rayaban en lo aterrador.
No hubo advertencias, no hubo negociaciones; cada uno de los atacantes cayó abat