Esa noche, apenas salió de la oficina, Gerardo no volvió a casa.
No podía.
La ansiedad le apretaba el pecho desde hacía horas, como si algo invisible le gritara que su hijo estaba en peligro. Sin pensarlo más, condujo directo a la mansión de Bernardo Greco. No tenía un plan, ni una estrategia. Solo una necesidad desesperada: ver a Gabriel.
Para su sorpresa, no le prohibieron la entrada.
Los guardias lo reconocieron, intercambiaron miradas incómodas, pero finalmente lo dejaron pasar. Gerardo cami