—¡¿Por qué haces esto?! ¡No puedes hacerme esto!
La voz de Lucero salió quebrada, desesperada. Sostenía a su hijo contra el pecho con fuerza, como si su cuerpo pudiera convertirse en un escudo.
Davos soltó una carcajada seca, burlona.
—¡Estúpida! Ya lo hice.
Sus ojos brillaban con crueldad. No había duda, no había arrepentimiento. Solo disfrute.
Se acercó un paso más.
—Ahora camina hacia esa habitación con tu hijo. Ahí te quedarás encerrada.
Lucero negó con la cabeza, retrocediendo.
—No… no, po