Bernardo Greco, el hombre que una vez sembró el terror con una sola mirada, ahora no era más que un náufrago en su propio cuerpo.
Sus ojos, desorbitados y cargados de un pánico mudo, se clavaron en Julián.
No podía gritar, no podía suplicar; solo podía observar cómo su verdugo se erguía sobre él como una deidad oscura decidida a cobrar cada gota de sangre derramada.
Julián lo observó con un desprecio que quemaba más que el ácido.
—Mírate, Bernardo —susurró Julián, su voz era un látigo de seda—.