En la mansión Senegal, el silencio se había vuelto insoportable.
No era un silencio pacífico ni reparador, sino uno cargado de reproches invisibles, de palabras nunca dichas y de decisiones mal tomadas que ahora exigían su precio.
Las paredes, testigos de años de privilegios y apariencias, parecían cerrarse poco a poco, como si juzgaran a su dueño.
Esteban caminaba de un lado a otro del despacho, con una botella de licor casi vacía colgando de su mano. Bebía sin medir, sin saborear, sin disfruta