Al día siguiente, el amanecer llegó suave, con una luz dorada filtrándose por las cortinas de la habitación.
Alegra abrió los ojos lentamente, todavía sintiéndose un poco adolorida, y su mirada se encontró con la de Juliano, que estaba a su lado.
Por un instante se quedó observándolo, admirando cada rasgo de su rostro, la manera en que la luz jugaba con su cabello oscuro y los contornos de su mandíbula. Una sonrisa casi involuntaria se dibujó en sus labios.
—Si que es un joven muy guapo… lástima