Gabriel corrió tras ella con el corazón desbocado. Todo había ocurrido demasiado rápido. Un segundo antes Lucero estaba frente a él, discutiendo con esa obstinación que siempre la caracterizaba, y al siguiente su cuerpo había perdido el equilibrio.
El sonido del golpe contra el suelo todavía retumbaba en su cabeza.
—¡Lucero! —exclamó, arrodillándose a su lado.
Cuando la giró con cuidado, vio la sangre. Una fina línea roja descendía por su frente, manchando su piel pálida. Aquella visión le provo