Lucero miró fijamente a la mujer que había entrado en la habitación.
Durante unos segundos no dijo nada. Sus ojos la recorrieron con calma, como si intentara medirla, comprenderla.
Luego, lentamente, esbozó una pequeña sonrisa.
No era una sonrisa amable. Era una sonrisa llena de ironía.
—¿De mujer a mujer? —repitió con suavidad—. No lo creo. Quizás deberíamos hablar… de esposa a amante.
Las palabras quedaron flotando en el aire.
El rostro de Miranda se tensó de inmediato. Sus ojos destellaron co