Seis meses después
Lucero estaba sentada frente al detective privado, con las manos entrelazadas sobre su regazo. Sus dedos estaban fríos, casi rígidos por la tensión que llevaba horas acumulándose en su cuerpo. No sabía exactamente qué esperaba escuchar, pero sí sabía que necesitaba una respuesta.
—¿Encontró algo? —preguntó finalmente, con la voz baja pero firme.
El hombre abrió una carpeta sobre el escritorio. Sacó varias fotografías y las deslizó hacia ella con calma profesional.
Lucero comen