Lucero apenas podía respirar.
Las lágrimas corrían por su rostro sin control mientras permanecía arrodillada en el suelo, con las manos temblando apoyadas en el pavimento. Sentía el pecho tan apretado que parecía imposible que el aire lograra entrar en sus pulmones. En su mente todavía resonaban los gritos desesperados de Diego llamándola.
“¡Mami! ¡Mami!”
Ese sonido parecía repetirse una y otra vez dentro de su cabeza, destrozándole el corazón.
Entonces sintió unas manos firmes sosteniéndola po