El niño yacía en el suelo, con los ojos abiertos, pero llenos de confusión y dolor, incapaz de comprender la magnitud de lo que había sucedido.
Su pierna estaba torcida en un ángulo imposible, y un golpe profundo en la cabeza había comenzado a manchar su rostro con sangre.
Cada respiración que tomaba parecía un esfuerzo monumental, y el llanto inconsolable que escapaba de su garganta helaba la sangre de quienes lo rodeaban.
Esteban llegó corriendo al lugar, el corazón latiéndole con una fuerza q