Ezran
La paz que sigue a la absolución es un océano de aguas profundas y en calma. Permanecemos abrazados un largo rato, de pie en el centro de la gran estancia, su frente aún apoyada contra mi esternón, mis manos recorriendo su espalda como para asegurarme de su realidad. El mundo exterior ha dejado de existir. Solo queda el aliento compartido, el latido de nuestros corazones buscando un ritmo común después de haberse desgarrado durante tanto tiempo.
Es ella quien se mueve primero, separándose