La noche era pesada, saturada de los embriagadores aromas de los jazmines y naranjos de la finca de Ezran. Inés se deslizaba entre las sombras, su corazón latiéndole a mil. Un vestido ceñido rojo sangre, una melena perfectamente ondulada, un perfume cautivador: era un arma, afilada para un solo objetivo. Ezran. Había seguido su coche con la mirada horas antes, creyéndolo de vuelta a solas tras su discusión pública con esa estúpida de Gracias. La ocasión era demasiado buena. Mientras su hermana