MAYA
La habitación aún huele a sudor y al perfume arrugado de las sábanas. El ventilador gira en el techo, chirriando a intervalos, agitándose el aire caliente de este pequeño pueblo a tres horas en coche de la capital. Estoy acostada, desnuda, la piel aún ardiente, y a mi lado, Samuel fuma un cigarrillo, recostado de lado.
En la mesa de centro, la televisión encendida emite las imágenes que sacuden todo el país. La conferencia de Ezran. Su juramento. Su mirada febril.
Giro la cabeza hacia la p