EZRAN
La mañana es cruda. Un frío seco rasga el aire, se infiltra en mis pulmones como fragmentos de vidrio. Las escaleras del ayuntamiento parecen interminables. A cada paso, los flashes estallan, los objetivos se abren como ojos voraces, y los murmullos recorren la plaza como una ola sorda.
Levanto el mentón, pero mis hombros son pesados. Siento cada mirada, cada expectativa, pesar sobre mí como una sentencia ya pronunciada. Detrás de la multitud compacta, distingo algunos rostros anónimos de