EZRAN
No apago la lámpara. La llama de la vela titila aún sobre la mesa, y su reflejo tiembla contra las paredes desnudas de mi habitación. La pieza parece inmensa, extraña, como si cada sombra me juzgara. Tengo la garganta seca, el cuerpo en llamas, y aun así no me muevo. Permanezco sentado, la cabeza inclinada entre mis manos, como un hombre culpable.
Veo sus ojos, sus dedos, ese roce.
Dios... ¿por qué dejé que esto sucediera?
Me digo que no fue nada. Que puedo olvidarlo. Pero no. Miento. L