ÉZRAN
La luz del alba acaricia las contraventanas azules de nuestro dormitorio. Gracias duerme, acurrucada contra mí, su mano izquierda apoyada sobre mi pecho, el anillo centelleando débilmente. Su respiración es apacible, su rostro sereno. Verla así, después de la tempestad, es un regalo más precioso que todo lo que poseo.
Me deslizo fuera de la cama sin hacer ruido, envuelto en el silencio de nuestro santuario. Me visto con una lentitud deliberada, cada gesto tranquilo y mesurado. Ya no hay l