GRACIAS
Subo a mi habitación con la extraña sensación de que mis pasos ya no me pertenecen. Son pesados, vacilantes, como si cada escalón me separara de un mundo familiar para arrojarme a otro, desconocido. La noche se adhiere a mi piel, una segunda carne, una quemadura invisible. El perfume de las velas aún flota en mis fosas nasales, mezclado con el calor de los platos, con el eco amortiguado de los cubiertos. Y sobre todo... el brillo de sus ojos. Me persigue. Me abraza.
Me siento al borde d