GRACIAS
Subo a mi habitación con la extraña sensación de que mis pasos ya no me pertenecen. Son pesados, vacilantes, como si cada escalón me separara de un mundo familiar para arrojarme a otro, desconocido. La noche se adhiere a mi piel, una segunda carne, una quemadura invisible. El perfume de las velas aún flota en mis fosas nasales, mezclado con el calor de los platos, con el eco amortiguado de los cubiertos. Y sobre todo... el brillo de sus ojos. Me persigue. Me abraza.
Me siento al borde de la cama, la espalda rígida, las manos crispadas sobre mis rodillas. Cierro los ojos. Y de inmediato, la imagen vuelve. Ese momento suspendido. Sus dedos contra los míos. No fue un accidente. No fue un torpeza. Algo demasiado preciso, demasiado vibrante para ser negado. Un gesto diminuto, pero que ha conmocionado todo mi ser.
El calor de su piel... aún lo siento. Se ha infiltrado en mí como una fiebre, ardiente, indeleble. Tengo piel de gallina, y aun así tengo calor. Me odio por haber sentido