GRACIAS
Su imploración resuena en el silencio. La miro, y por fin veo la verdad. No ha venido por mí. Ha venido por ella. Para salvar los restos de su mundo, aunque esté podrido hasta la médula.
—No puedo —digo con una voz tranquila, extrañamente estable.
—¡Claro que puedes! —exclama, un destello de su antigua autoridad en la voz—. ¡Tú eres la víctima! ¡Si retiras tu denuncia, el caso será mucho más débil! ¡Te lo suplico, en nombre de todo lo que hemos compartido, en nombre de la familia…!
—NO