LIDIA
La casa está silenciosa.
Demasiado silenciosa.
Un silencio nuevo, arrancado, casi brutal.
Un silencio sin perfume, sin voz, sin presencia.
Lo saboreo como se saborea una fruta prohibida, dulce y amarga a la vez.
Camino lentamente, descalza sobre el mármol frío. El contacto helado me despierta, me recuerda que todo es real.
Ella se ha ido.
Por fin.
Me detengo en la entrada.
La gran escalera se extiende ante mí como una serpiente de marfil.
Cada peldaño, cada sombra, cada reflejo me parece