Las puertas del territorio se abrieron apenas vieron acercarse a mi grupo.
La pelea había sido larga, sucia, agotadora.
Pero algo me carcomía por dentro, algo peor que las heridas o la sangre seca en mi piel.
Mientras cabalgábamos de regreso a la manada, notaba cómo las miradas de mis guerreros se entrecruzaban, tensas, preocupadas.
Sabían lo mismo que yo: ese ataque había sido solo una distracción.
No querían el territorio, no querían las aldeas.
Querían algo —alguien— más.
Apenas crucé el umb