El zumbido en los oídos de Félix se mezclaba con los disparos espaciados y precisos de Rojas. Cada explosión seca era un recordatorio de que aún respiraban, de que la batalla continuaba. El dolor en su hombro y costado era un fuego constante, pero la adrenalina y la llegada de su guardaespaldas lo mantenían consciente, alerta.
—¡Recarga! —gritó Rojas, retrocediendo detrás de la consola destrozada para cambiar el cargador de su rifle.
Félix, con su brazo bueno, tomó su pistola de respaldo. Su ri