La Clínica San Miguel, antaño el símbolo del renacimiento y poder de Clara, se había convertido en una prisión de cristal. Cada superficie impecable, cada equipo de última generación, le recordaba la fachada de normalidad que intentaba mantener. Félix y ella se movían como dos espectros en un duelo silencioso, cruzando palabras solo cuando la operatividad del lugar lo exigía. Cada "buenos días" era un arma arrojadiza, cada "necesito este informe" una declaración de guerra fría.
Félix, consumido