Ziara descubrió que empezar de cero no era un acto heroico ni una huida cobarde, era, sobre todo, un ejercicio de constancia nadie aplaudía cuando despertaba temprano, cuando aprendía rutas nuevas en una ciudad que aún no pronunciaba su nombre correctamente, cuando volvía a casa cansada y con la sensación incómoda de no pertenecer todavía a ningún sitio.
Y, sin embargo, pertenecía a algo por primera vez: a sí misma.
Los días comenzaron a tomar forma no perfecta, pero propia, el trabajo exigía c