El eco de la voz de Sophia seguía resonando en la mente de Ziara mientras subía las escaleras hacia su habitación. Cada palabra de desprecio, cada burla, cada sonrisa cruel se había incrustado en su pecho como agujas invisibles. Pero esta vez, algo dentro de ella no se rompió. Por primera vez en años, Ziara sintió que no podía permitirse caer, que debía transformar aquel dolor en fuerza.Al cerrar la puerta detrás de sí, se apoyó contra ella y respiró hondo. El silencio de su habitación le resultaba extraño y a la vez reconfortante. Allí no había risas burlonas, no había comparaciones, no había manos señalándola como un error. Solo estaba ella y sus pensamientos, y por primera vez decidió enfrentarlos sin huir.Ziara se dejó caer sobre la cama, abrazando la almohada, y dejó que las emociones se filtraran lentamente. Sentía ira, tristeza, frustración… pero también un fuego que la impulsaba a no rendirse. Durante años había intentado encajar, esconder su cuerpo bajo ropa holgada, pasar
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