Ziara no regresó de inmediato a su alojamiento después de la reunión había algo en su cuerpo —no en su mente— que pedía movimiento,caminar sin objetivo concreto,dejar que el pulso se acomodara solo, sin forzarlo a entender lo que aún estaba decantando.
La ciudad, a esa hora, se mostraba eficiente y ajena,gente que entraba y salía de edificios con la convicción automática de quien cree tener claro su lugar.
Durante años, Ziara había observado esa seguridad desde fuera, convencida de que era un