La noche terminó sin terminar realmente.
Ziara no durmió.
Yaniel tampoco.
Cuando amaneció, la mansión seguía envuelta en un silencio extraño, como si todo lo ocurrido la noche anterior —la discusión, el golpe de él contra la pared, su intento torpe de disculpa, y la confesión a medias que ninguno terminó— hubiera quedado suspendido entre las paredes.
Ziara abrió los ojos sintiendo el pecho apretado.
Quería creer que lo de anoche no había sido un error.
Quería creer que Yaniel no era tan cruel c