Yaniel no durmió.
No porque la noche fuera ruidosa, ni porque el alcohol le quemara la garganta como en otras ocasiones. No durmió porque, por primera vez en mucho tiempo, su mente no obedecía.
Cada vez que cerraba los ojos, veía la misma imagen: Ziara de pie frente a él, tranquila, sin miedo, sin súplica. No era la Ziara que había aprendido a ignorar. Era otra. Una que no le pedía nada… y que, precisamente por eso, lo desarmaba.
Se levantó antes del amanecer y bajó al despacho.
Necesitaba cifr