La noche había caído sobre la mansión López, envolviendo los jardines y los corredores en un manto de silencio apenas roto por el susurro del viento entre los árboles. Ziara caminaba despacio por el sendero de piedra que rodeaba la casa, con la manta apretada alrededor de los hombros, tratando de ordenar sus pensamientos. La reunión de la tarde aún vibraba en su mente: el enfrentamiento con los Moretti, la defensa de Yaniel, los insultos de Sophia, y el peso de una boda que parecía acercarse a