Salí del restaurante llorando, las emociones pudieron conmigo. Mamá me acompañó, me dijo que caminarmos por la ciudad un rato, que dejaramos a Jacob solo pensando en sus errores y su falta de criterio. Nadie lo tenía de estúpido. Sonreí ante esas palabras, sentí la calidez de la compañía de esa madre excesivamente despiadada que me había curtido hasta el tuétano y que a pesar de todo amaba de una forma un tanto enfemiza.
Ella tomó mi mano, como cuando era pequeña. En esos años Irene aún era bon