CXII

Alexander se quedó mirándome desde abajo: los ojos enrojecidos, lágrimas rodando en su rostro maltrecho y sucio... Ya no era el hombre que me atormentaba, que se alimentaba de mi vulnerabilidad, que me había engañado con mi hermana por una mentira. Un simple y vil mentira basto para destruirlo todo, lo miré sintiendo una mezcla entre pena y vergüenza de lo que había sido y en quien se había transformado.

Parecía débil, no solo físicamente sino emocionalmente, destruido por el dolor de la derrot
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