Bajamos hasta el sótano de un edificio ruinoso, con olor a moho y soledad. Las paredes de los pasadizos subterráneos estaban cubiertas de musgo, el suelo estaba húmedo. El ambiente era aterrador, incómodo y me causaba un poco de claustrofobia.
Darren tomó mi mano con fuerza cuando nos posicionamos frente a la puerta de la habitación donde tenían a Alexander Batista capturado; respiré con dificultad, a pesar de que aquel amor dulce ahora no era más que un recuerdo corrupto los nervios me atacaro