Era temprano, el aire fresco de la mañana nos envolvía mientras Firenze y yo corríamos por el parque. Habíamos convertido esto en un hábito: una competencia no oficial donde ninguno admitía perder. Pero ese día, algo rompió nuestro ritmo.
Firenze, siempre desafiante, empezó a rezagarse. Giré la cabeza y la vi reduciendo la velocidad hasta casi detenerse. Me adelanté un par de pasos, esperando que fuera parte de algún truco, pero al volver la vista, la encontré inmóvil.
—¿Firenze? —me acerqué rá