La rutina laboral había cambiado drásticamente desde que Firenze se convirtió en parte de mi vida. Lo profesional y lo personal se entrelazaban con una naturalidad peligrosa, arrastrándome a lugares inesperados sin darme cuenta.
Las mañanas comenzaban tarde. No porque quisiera, sino porque despertar con ella a mi lado era una tentación difícil de resistir. A veces, un simple beso en su cuello bastaba para que olvidáramos nuestras obligaciones, y nuestros cuerpos se encontraban en una sincronía