Aquella noche de sábado tenía algo distinto. Firenze había aceptado mi invitación a un club latino. Yo nunca me vi como alguien con habilidades para el baile, pero con ella, todo parecía una buena idea.
Al llegar, la música vibrante y las luces multicolores nos envolvieron. Firenze se movía con naturalidad, sin preocuparse por si lo hacía bien o mal. No era una bailarina experta, pero tenía esa soltura que hacía que todo pareciera fácil. Y lo mejor era que no le importaba la opinión del resto.