Abrí los ojos y lo primero que noté fue el silencio. Firenze no estaba. Normalmente, yo era quien desaparecía antes de que las cosas se volvieran incómodas, pero esta vez, ella había tomado la iniciativa. Me incorporé en la cama con la mente aún nublada por los recuerdos de la noche anterior.
Tomé mi teléfono y le escribí:
"¿Llegaste bien?"
Su respuesta no tardó en llegar:
"Sí, todo bien. La pasé muy bien, aunque no esperaba que la noche terminara así."
Sentí una punzada de inquietud. No espera