Irene se sentó en el tocador y dejó que las criadas peinaran su cabello. Se observó en el reflejo amarillento y sonrió débilmente. Publius Caesar no era lo que ella pensaba, era mucho más que eso. Estaba aliviada, pues todavía permanecía con vida, pero la expectativa de lo que sucedería ese día la mantenía alerta.
Para la familia noble de Publius Caesar, presentarse ante el emperador de Roma era solo un protocolo más a seguir. Sin embargo, para ella significaba demasiado. Ella había sido una es