Deslicé el dedo por la pantalla y pegué el teléfono a mi oreja con una fuerza que amenazaba con trizar el cristal. No dije nada. El silencio es mi mejor arma, pero lo que escuché al otro lado me heló la sangre.
Una risa distorsionada, metálica y cargada de odio, llenó mis oídos. No era la risa de alguien que busca dinero, era la risa de alguien que busca justicia... o venganza.
—Nunca debiste acercarte a esta zorra —escupió la voz, arrastrando las palabras con un placer sádico—. Ahora es