Me quedé mirando a Alexandra un segundo más, ignorando el parpadeo constante de la pantalla de mi ordenador que anunciaba correos urgentes. Aquella oficina, que durante tres años había sido mi cuartel de guerra y mi celda de aislamiento, de pronto se sentía pequeña, asfixiante de tanto acero y cristal.
—Ale —le dije, tomando sus manos y atrayéndola hacia el gran ventanal que dominaba la ciudad, el mismo lugar desde donde tantas veces planeé cómo destruir a mis enemigos para no pensar en mi