—Está bien —asentí, y al fin solté el aire que parecía tener retenido en los pulmones. Me obligué a relajar los hombros, aunque por dentro seguía hecha un nudo. Confío en ti, Rodrigo. Solo... por favor, no dejes que te arrastre al fondo otra vez.
Él me atrajo hacia sí con una urgencia que me tomó por sorpresa. Me hundió en sus brazos y por un momento el caos del mundo se quedó fuera de ese círculo. Apoyó la cara en mi cuello y respiró profundo, como si intentara llevarse mi perfume puesto par