El tono de Regina cambió de repente, perdiendo esa falsa dulzura y transformándose en una nota de histeria que hizo que Rodrigo y yo nos tensáramos al unísono.
—¡Rodrigo! ¿Dónde demonios estás? —gritó a través del altavoz, y pude imaginarla caminando de un lado a otro por la mansión—. ¡No volviste en toda la noche! Me dejaste aquí sola, en esta casa enorme... Me siento mal, Rodrigo. Me duele el pecho y me falta el aire.
Sentí una punzada de asco en el estómago. Sabía perfectamente lo que e