(Rodrigo)
Ver a Thiago sentado en mi silla de cuero, haciéndola girar con una alegría frenética, era la imagen más surrealista que mis ojos habían presenciado en esta oficina. Este lugar, que durante años fue un templo de frialdad y de un silencio sepulcral que me servía de refugio, ahora estaba profanado por la risa limpia de un niño. Mi hijo.
Me apoyé contra el borde de mi escritorio de caoba, cruzando los brazos sobre el pecho. La vibración de su risa parecía sacudir el polvo de mis viejo