El restaurante se había convertido en un eco lejano. El trayecto a su penthouse fue un intercambio de miradas cargadas de promesas silenciosas y dedos entrelazados con una fuerza que decía más que cualquier contrato. Cuando la puerta del ascensor privado se abrió, el mundo exterior dejó de existir.
Rodrigo no esperó; me acorraló contra la pared, y por un instante, el contraste entre su cuerpo ardiente y la superficie inerte detrás de mí me hizo soltar un jadeo entrecortado. Sus manos, grande